La casta era esto: Podemos: de querer cambiarlo todo a no querer soltar el sillón

Desde que, en 2023, Podemos aceptó integrarse en Sumar para concurrir a las elecciones generales, empezó a asomar la patita. Probablemente, sin aquella coalición, ni siquiera habría conseguido representación en el Congreso. Sin embargo, lejos de aprovechar esa oportunidad para reconstruir un proyecto político, terminó rompiendo con Sumar y trasladándose al Grupo Mixto.

Desde entonces, cuesta encontrar una estrategia que no pase por provocar una nueva oportunidad electoral, recuperar protagonismo y garantizar que sus principales dirigentes puedan seguir ocupando un escaño. Porque esa es la gran contradicción de Podemos: un partido que nació prometiendo acabar con los privilegios de la clase política parece haberse convertido en una organización obsesionada con conservar los suyos.

No debe de ser fácil asumir que un partido que llegó a tener más de setenta diputados en el Congreso ha pasado a la irrelevancia política en buena parte del territorio. Pero quizá lo más difícil no sea aceptar la pérdida de poder, sino reconocer que parte de esa pérdida es responsabilidad propia.

En la imaginación de sus dirigentes, Podemos sigue siendo una fuerza decisiva que algún día recuperará su antiguo esplendor. En la realidad, cada vez se parece más a una organización cerrada sobre sí misma, sostenida por un pequeño núcleo de fieles que confunden la crítica con el ataque y la lealtad al proyecto con la defensa incondicional de sus dirigentes.

Porque una cosa es que Podemos haya sido objeto de campañas de desprestigio, que se hayan difundido mentiras sobre sus representantes o que haya sufrido un trato mediático desigual. Todo eso puede ser cierto. Pero ninguna de esas circunstancias explica por sí sola su declive. Y, desde luego, no justifica todas sus decisiones.

El problema de Podemos no es solamente lo que otros han hecho contra él, sino lo que ha hecho consigo mismo.

Gabriel Rufián no es un salvavidas

Ahora Podemos parece haber encontrado una nueva oportunidad en Gabriel Rufián. Aprovechando su popularidad y algunas encuestas informales difundidas en redes sociales, ha tratado de presentar su acercamiento como la respuesta a una demanda popular de unidad de la izquierda situada a la izquierda del PSOE.

Pero ¿qué demostraban realmente aquellas encuestas?

Que una parte de quienes participaron prefería a Gabriel Rufián frente a otros posibles referentes. No necesariamente que quisieran una candidatura conjunta con Irene Montero, y mucho menos que considerasen a Podemos la organización adecuada para encabezarla.

Hay una diferencia fundamental entre elegir a una persona como la opción preferida y aceptar que esa persona forme parte de un proyecto político concreto. Y hay otra diferencia todavía más importante: votar por alguien no significa necesariamente votar a favor de todos los demás.

Es perfectamente posible que algunas de las personas que eligieron a Rufián lo hicieran precisamente porque no querían que Irene Montero encabezase ese espacio político. Sin una pregunta específica sobre los candidatos rechazados, no podemos saberlo con certeza. Pero tampoco podemos convertir una encuesta informal en redes sociales en un mandato popular para una alianza que sus participantes no han votado.

Sin embargo, Podemos parece haber encontrado en esa popularidad una oportunidad para recuperar el protagonismo perdido. Si Rufián puede atraer a votantes desencantados, ¿por qué no intentar aprovechar ese capital político?

El problema es que la popularidad de una persona no se transfiere automáticamente a una organización. Mucho menos a una organización cuya marca genera rechazo entre una parte del electorado al que pretende atraer.

Podemos parece haber confundido la posibilidad de acercarse a un dirigente popular con la posibilidad de apropiarse de su popularidad. Y esa diferencia puede salirle muy cara.

¿Qué gana Rufián?

La pregunta es inevitable: ¿qué gana Gabriel Rufián con esta operación?

Puede ganar capacidad de negociación dentro de ERC, visibilidad estatal y margen para defender una estrategia que trascienda el ámbito estrictamente catalán. También puede contribuir a articular un espacio político más amplio, algo que sería deseable si realmente existiera una voluntad compartida de construirlo.

Pero para conseguirlo necesita algo más que protagonismo mediático. Necesita un proyecto, una estrategia y, sobre todo, credibilidad.

Si su acercamiento a Podemos se interpreta como una operación entre dirigentes para repartirse espacios de poder, el efecto puede ser justo el contrario del que pretende. Quienes veían en él una alternativa capaz de superar las divisiones de la izquierda pueden acabar percibiéndolo como un participante más en las viejas disputas por el liderazgo.

Y eso es precisamente lo que más necesita evitar: que su popularidad termine asociada a una organización que arrastra un profundo desgaste político.

La izquierda no necesita otro reparto de cuotas entre dirigentes. Necesita una alternativa capaz de convencer a quienes han dejado de confiar en ella.

Las contradicciones que Podemos nunca ha resuelto

Quienes todavía defienden a Podemos suelen insistir en que el partido ha sido injustamente tratado, que se han contado demasiadas mentiras sobre sus dirigentes y que sus adversarios han hecho todo lo posible para destruirlo.

Puede haber mucho de cierto en algunas de esas afirmaciones. Pero hay una pregunta que sus defensores deberían hacerse: ¿cuánto de su situación actual se explica por los ataques externos y cuánto por sus propias contradicciones?

Podemos llegó a la política prometiendo que sus representantes no cobrarían más de tres veces el salario mínimo interprofesional y que donarían el resto. También defendió una limitación de los privilegios económicos de los cargos públicos y cuestionó las condiciones de vida de una clase política que consideraba alejada de la ciudadanía.

Pablo Iglesias criticó reiteradamente a los políticos que vivían en chalés alejados de las condiciones materiales de la mayoría. Después compró, junto con Irene Montero, una vivienda de esas características. La compra era legítima y tener un chalé no constituye, por sí mismo, ninguna irregularidad. La contradicción estaba en la distancia entre el discurso anterior y la decisión posterior, así como en la forma en que ambos sometieron su continuidad en la dirección del partido a una consulta entre sus afiliados.

También se defendió que los cargos públicos no debían perpetuarse en sus puestos y que la política no podía convertirse en una profesión para toda la vida. Sin embargo, algunos de sus principales dirigentes han permanecido durante años en primera línea, incluso después de que el proyecto que encabezaban perdiera buena parte de su respaldo electoral.

No se trata de exigir que un político viva en una vivienda modesta ni de sostener que nadie pueda cambiar de opinión. Se trata de algo mucho más sencillo: si construyes tu identidad política denunciando unas prácticas, después tienes que explicar por qué las tuyas son diferentes.

Y, cuando esa explicación no convence, no puedes limitarte a acusar de fascista, traidor o vendido a cualquiera que te lo recuerde.

A estas contradicciones se suma el daño que determinadas decisiones legislativas han causado a la credibilidad del feminismo institucional. La gestión de la ley del solo sí es sí y las consecuencias de sus revisiones penales fueron un golpe político de enorme magnitud. Para quienes defendemos la igualdad, el problema no es que una organización se equivoque: es que se apropie de la bandera del feminismo y después parezca incapaz de asumir con claridad las consecuencias de sus decisiones.

Son demasiadas las incoherencias acumuladas como para despacharlas todas atribuyéndolas a una campaña de desprestigio.

La credibilidad política no se pierde únicamente por las mentiras de los adversarios. También se pierde cuando tus propios actos desmienten tus palabras.

Un partido que parece haber olvidado para qué nació

Hay otra cuestión que merece una reflexión: ¿por qué tantos dirigentes y representantes vinculados a Podemos han terminado abandonando la organización o enfrentándose a ella?

Cada salida puede tener sus propias causas y no sería riguroso atribuirlas todas a un único motivo. Pero cuando las rupturas se acumulan, cuando los conflictos internos se repiten y cuando la organización termina reducida a un núcleo cada vez más pequeño, lo razonable es preguntarse si existe un problema estructural.

También cabe preguntarse con qué legitimidad política reclama Podemos los puestos de mayor relevancia en determinadas coaliciones cuando su representación electoral en esos territorios es inexistente o muy reducida, mientras sus posibles socios cuentan con una implantación institucional considerablemente mayor.

Las coaliciones no pueden construirse únicamente sobre la nostalgia de lo que una organización fue. Tienen que responder a la realidad de lo que cada una representa hoy.

Haber tenido más de setenta diputados no concede un derecho perpetuo a encabezar candidaturas. La representación política no es una herencia familiar ni un título nobiliario. Se obtiene en las urnas y se conserva convenciendo a la ciudadanía.

Y aquí aparece una sospecha difícil de ignorar: ¿quiere Podemos reconstruir un proyecto político capaz de transformar la realidad o quiere recuperar la fuerza suficiente para volver a negociar puestos, escaños y espacios de poder?

Quizá sus dirigentes crean sinceramente que todavía pueden recuperar el terreno perdido. Quizá consideren que una etapa en la oposición les permitiría reconstruir el partido. O quizá, simplemente, se hayan acostumbrado demasiado a las ventajas de ocupar cargos públicos.

No podemos conocer sus intenciones privadas. Pero sí podemos juzgar sus decisiones y preguntarnos a quién benefician.

La izquierda no puede permitirse este espectáculo

Mientras tanto, fuera de las disputas por el liderazgo, hay una ciudadanía que sigue teniendo problemas muy concretos: salarios insuficientes, vivienda inaccesible, precariedad laboral y unos servicios públicos sometidos a una presión creciente.

La gente de izquierdas se manifiesta, participa en huelgas, reclama mejores condiciones de vida y exige políticas que respondan a sus necesidades materiales. Y lo hace en un contexto en el que el avance de la derecha radical amenaza con agravar muchos de esos problemas.

Frente a esa realidad, ¿qué ofrece una parte de la izquierda organizada? Una sucesión de disputas internas, reproches, negociaciones entre dirigentes y operaciones destinadas a conservar parcelas de poder.

No es que las diferencias políticas sean ilegítimas. Tampoco que la unidad deba imponerse a cualquier precio. Una coalición sin principios compartidos, sin un programa reconocible y sin confianza mutua no es una solución, sino una forma de aplazar el conflicto.

Pero una cosa es discutir cómo construir una alternativa y otra muy distinta convertir la supervivencia de una organización en el objetivo principal de la política.

Si Podemos considera que la izquierda no puede gobernar mientras no sea él quien recupere la fuerza suficiente para dirigirla, entonces ha dejado de entender algo esencial: la política no consiste en esperar a que los demás fracasen para volver a ocupar su lugar.

Y si una organización prefiere debilitar a sus posibles aliados antes que aceptar una posición secundaria, debe asumir que también puede estar debilitando las posibilidades de la izquierda en su conjunto.

Los votos que se pierden en esas operaciones no desaparecen en el vacío. Pueden traducirse en menos representación para las fuerzas progresistas y, en determinadas circunstancias, facilitar que la derecha y la ultraderecha obtengan más poder institucional.

Por eso resulta tan irresponsable convertir cada negociación electoral en una batalla por la supervivencia de unas siglas.

El 29 de noviembre pondrá algunas cosas en su sitio

Los resultados electorales del 29 de noviembre permitirán medir el alcance real de esta estrategia. Mi pronóstico es que Podemos tendrá enormes dificultades para obtener representación en Madrid y que el intento de articular un espacio más amplio alrededor de Gabriel Rufián podría acabar cosechando resultados peores de los que sus promotores esperan.

Es una predicción, no una certeza. Serán las urnas las que la confirmen o la desmientan.

Pero, más allá de los escaños, hay algo que ya debería preocupar a Podemos: la pérdida de confianza de quienes alguna vez creyeron en su proyecto.

Las primarias con una única candidatura de Irene Montero, en las que participaron alrededor de 26.000 personas según las cifras difundidas, pueden servir para legitimar internamente una dirección. No demuestran, por sí solas, que exista un respaldo electoral amplio ni permiten medir cuántos antiguos votantes han abandonado el partido.

Una organización puede seguir teniendo afiliados, actividad en redes sociales y seguidores dispuestos a defenderla a cualquier precio, y al mismo tiempo haber perdido la capacidad de convencer a la mayoría de quienes antes la apoyaban.

Los insultos de sus defensores más incondicionales tampoco ayudan. Cuando alguien señala una contradicción y la respuesta consiste en descalificarlo, no se está defendiendo un proyecto político: se está protegiendo una identidad de grupo.

Y es especialmente llamativo que quienes denunciaban el sectarismo de sus adversarios terminen reproduciendo dinámicas muy parecidas. No son fenómenos equivalentes en todos los aspectos, pero sí comparten una práctica preocupante: considerar que quien cuestiona al grupo es necesariamente un enemigo.

La crítica no es una traición. Y reconocer los errores de un partido al que has apoyado no invalida tu compromiso político. Al contrario: es una condición necesaria para que ese compromiso no se convierta en obediencia.

No es odio. Es decepción.

No escribo esto por odio a Podemos. Lo escribo desde la decepción de quien considera que aquel proyecto representó una oportunidad política importante y que, con el paso de los años, ha terminado atrapado en sus propias contradicciones.

La gente puede equivocarse al votar. Los partidos pueden cometer errores, perder elecciones y atravesar crisis internas. Nada de eso tiene por qué significar su desaparición.

Lo que resulta mucho más difícil de recuperar es la confianza cuando los dirigentes parecen más preocupados por conservar sus posiciones que por responder ante quienes les dieron su apoyo.

Podemos prometió renovar la política, combatir los privilegios y devolver el poder a la ciudadanía. Hoy debería preguntarse qué queda de aquellas promesas y por qué tantas personas que alguna vez confiaron en ellas han dejado de hacerlo.

Sus seguidores más fieles pueden seguir culpando a los medios, a los adversarios políticos, a Sumar o a cualquier otro actor. Pero, si quieren entender el declive de su partido, tendrán que mirar también hacia dentro.

Y quizá deberían empezar por una pregunta muy sencilla: ¿qué ha hecho Podemos para merecer de nuevo la confianza de quienes dejaron de votarlo?

Porque los escaños no se recuperan por derecho, la popularidad de Gabriel Rufián no se puede heredar y la nostalgia de los setenta diputados no constituye un programa político.

Si el objetivo es que Irene Montero, Ione Belarra o cualquier otro dirigente continúe cobrando un sueldo público, habrá que explicar por qué eso debería importarle a la ciudadanía. Si el objetivo es reconstruir una izquierda capaz de mejorar las condiciones materiales de la mayoría, habrá que demostrarlo con hechos, propuestas y una voluntad real de cooperación.

Lo que no se puede hacer es presentar la supervivencia de una organización como si fuera la supervivencia de la izquierda.

Porque no son lo mismo.

Y si Podemos acaba desapareciendo, no será necesariamente porque sus adversarios hayan conseguido destruirlo. También puede ser porque quienes lo dirigieron no supieron convertir el poder que alcanzaron en un proyecto capaz de sobrevivirles.

Quizá todavía estén a tiempo de entenderlo. Pero, para eso, tendrían que dejar de mirarse en el espejo de lo que fueron y empezar a preguntarse por qué han dejado de serlo.

Mientras tanto, la factura de sus errores no la pagan únicamente sus dirigentes. La paga también una izquierda que necesita construir una alternativa sólida frente al avance de la derecha y que no puede permitirse seguir confundiendo los intereses de una organización con los intereses de la mayoría social.

Gracias por tanto daño. Y ojalá que, si Podemos tiene que desaparecer, sea porque la ciudadanía ha decidido que ya no lo necesita, no porque la izquierda entera haya terminado pagando el precio de su incapacidad para renovarse.

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